El nuevo aplazamiento viene bien para ajustar algunos detalles que no tienen que ver directamente con la estructura de la nave, pero sí con la seguridad y el confort de sus tripulantes. Por citar un ejemplo: los trajes espaciales para las caminatas fuera del vehículo. Los mismos han sido confeccionados con un 100 % de material reciclado (plásticos, vidrio, aluminio). Ello obedece a motivos prácticos (costos, evidentemente) y filosóficos (el cuidado del medio ambiente, los recursos no renovables y toda esa milonga), pero tras cuatro intentos de zarpada y tras idéntica cantidad de veces que los futuros cosmonautas se han colocado y quitado las prendas, estas no lucen demasiado confiables. Color (del casco y las botas), rigidez y flexibilidad (de las partes sólidas y elásticas, respectivamente), transparencia (de visores), integridad (de mangueras de aire, refrigeración y bebida), comienzan a diluirse notoriamente. También ha habido otros signos concretos de deterioro:
el asistente que ha colocado el casco a Washington Pérez, que lo ha ajustado con vigor, se ha quedado con el elemento de protección (y la junta de su base) en la mano. Otro ayudante ha girado los conectores de las mangueras de respiración de Arturo Alonso Álvarez, sólo para ver cómo se descarga a través de una rajadura en la rosca. Preston Cuevas ha levantado un brazo con la consecuencia de una rasgadura de la manga a nivel de la axila. Lexon Lothar Gómez, viendo esto último, se ha agarrado la cabeza (el casco que la circunda, mejor dicho) y el vidrio del visor se ha fragmentado entre sus dedos, desgranándose en mil pequeños trozos de milímetros de diámetro. Alguien se lamenta de que hayan hecho sólo un equipo extra. Los astronautas empiezan a discutir entre ellos, para ver quién se lo quedará (es el único que no ha sido tocado por ninguno de ellos). Finalmente se decide dividirlo en sus piezas constitutivas y entregar a cada uno de los tripulantes aquellas que más estropeadas tiene en su equipo original. De cualquier manera, la sensación generalizada es que habrá que evitar las caminatas espaciales.
A uno de los asistentes se le ocurre la idea de comprar equipos usados a la NASA. Su sugerencia deriva en una rápida averiguación de costos por vía telefónica. El directivo con quien logran comunicarse (un tal John Patrick Mc Flannagan) sufre una ligera indisposición por un ataque de risa. Además debe demorar la respuesta, porque - afirma - en toda la historia de la agencia espacial, nadie - jamás - ha intentado adquirir un traje de segunda mano -. Un técnico de planta de nombre Charlie Frissberg - que habla un aceptable castellano- confecciona rápidamente un esbozo de lista de precios (incluso, por el auricular se escucha como consulta a sus colegas: “¡Eh, Jack! ¿cuánto le pongo a los guantes?”), para luego suministrar (mientras los paramédicos retiran en una camilla a Mc Flannagan) la información requerida.
El día del cuarto intento de botadura comienza con una lluvia torrencial, lo cual demora la llegada de varios de los invitados especiales. El comienzo de la ceremonia se retarda hasta que todos arriben. Mientras se están produciendo algunos de los discursos pertinentes, llega - también retrasado - el camión que traslada el nuevo logo de la MEHC para adosarlo en el costado de la nave, en lugar de pintarlo (ya que nadie quiere repetir la experiencia anterior). Dos operarios se ponen a instalarlo en plena ceremonia, tratando de hacerlo en el más completo silencio. Lo logran a medias, porque es preciso practicar orificios para tornillos en las gruesas placas laterales, lo cual por momentos genera terroríficos chirridos. Pero el problema más grave se produce cuando uno de los taladros atraviesa un caño de refrigeración de la planta motriz, que no figuraba en los planos originales. Resultado: una gruesa columna de vapor le salta a la cara a uno de los instaladores (que usan antiparras, pero no tienen protegido el resto del rostro) y este comienza a correr, gritando y cruzándose por el mismo escenario en que se desarrolla la ceremonia.
El ingeniero Cordero Regúlez considera que no es necesario suspender la botadura (de hecho, el inconveniente se soluciona en 15 minutos) y trata de comunicarlo por el micrófono, pero alguien - obedeciendo órdenes de los altos funcionarios presentes -, ha comenzado la desconexión de los equipos de audio, con lo que el experto se queda mudo y gesticulando para unos pocos que se toman el tiempo de pararse a ver qué hace. Mientras tanto, uno de los dignatarios toca un silbato y todos ellos desaparecen en segundos. Los helicópteros que los evacuarán, lo hacen adoptando una elegante formación en “V”, digna de un espectáculo de acrobacia aérea. A los pocos kilómetros se separan en grupos, porque han hecho planes para aprovechar el día en caso de que se abortara el lanzamiento. Este no se realizará, porque ya no hay nadie para presenciarlo. Los miembros de la Comisión Técnica se miran unos a otros con cara de desaliento, y fijan una quinta fecha de botadura.
Llega el tiempo para un tercer intento de botadura. Todo parece listo y reluciente;limpio y acabado. No obstante ello, cuando uno de los operarios se apoya inadvertidamente en uno de los laterales del vehículo, allí justo donde está el inmenso logo de la MEHC, descubre que los productos químicos con que se ha pintado dicha leyenda han debilitado el metal que compone una de las placas constitutivas, al punto de que su brazo atraviesa limpiamente la estructura.
Se aborta el lanzamiento. Los dignatarios evacuan el lugar con la precisión de quien hubiera ensayado la maniobra cientos de veces.
Las partes dañadas por la pintura son reemplazadas, pero, por más que los soldadores realizan una tarea más que prolija, no puede evitarse que se perciba claramente dónde se realizó el parche, dada la diferente textura y color de los materiales empleados.
A raíz de los ya tres intentos frustrados de botadura, se decide realizar una concienzuda inspección a cada rincón de la nave. Se nombra un coordinador (nada menos que el Ingeniero Alfredo Cordero Regúlez, experto en robótica, aviónica, informática y bioingeniería), quien, a su vez, llama a antiguos colaboradores de suma confianza. Todos ellos, más un grupo de técnicos, se pasan 38 horas continuas verificando cada detalle, golpeando chapas, abriendo y cerrando canillas, oprimiendo interruptores e interrogando a los operarios que trabajaron en cada sector. Durante ese lapso nadie se retira del hangar de trabajo y se completan quince carpetas con doscientas páginas cada una, incluyendo fotos e informes que lo describen todo: desde el sonido que produce cada puerta al cerrarse, hasta el aroma de los tramos de cable que conectan los circuitos del tablero principal tras un par de horas de funcionamiento; también mencionan los datos vertidos por los ensambladores e instaladores, sin omitir muletillas y tiempos de silencio absoluto al comienzo, o en medio de las inquisitorias (hasta se describen los gestos de los interrogados, “...levantó las cejas como si le hubiera preguntado por el nombre de su tatarabuelo...”, etc., etc.).
Recién cuando todos los dispositivos han sido accionados con éxito y todas las preguntas han sido respondidas satisfactoriamente, Cordero Regúlez da el visto bueno para que la botadura adquiera una nueva fecha.
Cuando el último tornillo queda ajustado y se disipa el polvo del último golpe de martillo, la otrora magnífica Dragon Galacticum carece de cualquier parentesco morfológico con el mitológico animal y todos concuerdan en que se parece mucho más a un pato. Lenta, ceremoniosamente se comienzan a eliminar todas las referencias al soberbio nombre de la nave, para dar lugar a un vacío nominal que dura dos semanas. Es el tiempo requerido para lograr un acuerdo que permita hallar un nuevo apelativo. Finalmente, el consenso se reúne en torno de la nueva denominación. El fantástico transporte interestelar surcará los espacios cósmicos llevando en su lateral la inscripción (entre testimonial y sarcástica) de “Rara Navis”.
Enseguida se procede a agendar una fecha de botadura. Los funcionarios se apresuran a despejar de compromisos la hora y el día, y cuando estos llegan, se reúnen de nuevo en torno de la rampa que permitirá la aparición en sociedad de la maravilla tecnológica, la creatura del intelecto humano, la joya de la ingeniería espacial.
Doce miuntos antes del momento señalado, en cuclillas sobre un bambolenate andamio apoyado en el imponente costado del vehículo espacial, un científico esmirriado, con lentes de gruesos cristales, vestido con un sucio guardapolvos blanco que le queda grande, decide medir los nivles de radiación en las proximidades del pequeño e inestético - pero potente - reactor nuclear que propulsará la “Rara Navis”. Por cierto, halla contaminación de tal valor que es capaz de convertir a todo el vehículo en una inmensa máquina de rayos X.
El lanzamiento se vuelve a suspender y todos los que ansiaban presenciar el dichoso evento se retiran cabizbajos.
La solución no tarda en aparecer: se sustituirá la planta propulsora nuclear, por otra, convencional. El lugar que esta requiere es mucho mayor, lo cual es un inconveniente de relativa importancia. Pero hay otro problema: el combustible a consumir para generar el movimiento y dónde colocarlo.
Se prueban diversas alternativas, pero finalmente se decide que el elemento que generará energía en forma de calor para alimentar el vuelo de la Rara Navis, será madera de pino impregnada en nitroglicerina. El lugar para colocarlo estará dividido en dos: por un lado se instala un receptáculo debajo de lo que sería el buche del pato; por otro, se busca un espacio en el pasillo que une la sala de situación y los dormitorios con las cocinas. De cualquier manera, sumando los dos depósitos, sólo cabrá combustible para el viaje de ida de la misión, siendo responsabilidad de la tripulación el procurarse los medios para el regreso (si es que quieren regresar). Algún sesudo científico se ocupa de fabricar el "suplementador a hiperlumínica", un complejo dispositivo que permite a la planta convencional generar la propulsión suficiente como para alcanzar y superar la velocidad de la luz. Luego de terminarlo, realiza varias pruebas con un modelo a escala del motor, reemplazando la nave por zapallos de kilo y medio de peso. Luego de estrellar ciento doce calabazas contra la pared de su casa considera suficientemente probado el artefacto, y se lo incorpora a la nave. El nombre del engendro no perdurará en las mentes de tripulantes y operarios, sino que estos lo denominarán - en adelante - "módulo hipercuac".
Todos los procesos industriales tienen una culminación y cumpliendo con tal axioma, llega el momento de la botadura del orgulloso navío espacial. Una gran cantidad de políticos, funcionarios y demás dignidades gubernamentales se dan cita ante la inmensa rampa por la que va a deslizarse el enorme vehículo, punto culminante del esperado evento. Pero a horas de producirse, se llega a la conclusión de que la caja de cambios del vehículo se encuentra instalada al revés. Esto es: las cinco marchas hacia adelante se han convertido en retrocesos, y la única marcha atrás será la que impulse hacia adelante al transporte interestelar, que deberá desplazarse a la escasa velocidad que permite aquella. Averiguan que el implemento en cuestión fue encargado a un arquitecto, por lo que la estética del dispositivo es maravillosa, pero el mismo no se puede invertir, porque la forma no es simétrica y - por si esto fuera poco - los orificios de anclaje no coinciden si se lo da vuelta.
Como primera medida se aplaza la botadura, por lo que una multitud se retira con las manos vacías, y cientos de cámaras que debían capturar el glorioso momento, deben limitarse a fotografiar rostros tan importantes como largos.
Los días subsiguientes se dedican a buscar una solución y a lo largo de cada uno de ellos puede verse a Honorio Iñíguez con los pies apoyados en una mesa y esculpiendo una rama de árbol con un cuchillo tipo Rambo, mientras una docena de mecánicos, operarios, técnicos e ingenieros lo rodean y le deslizan posibles soluciones. Tras cuatro jornadas de tallado y sugerencias el resultado es una alta pila de viruta de madera y una sola alternativa que recibe el unánime y mezquino calificativo de “viable”: se deberá intercambiar las funciones de los espacios de la nave; es decir que lo que era el puente de mando pasará a ser el dormitorio; la sala de situación, se convertirá en la biblioteca; en cuanto al dormitorio, será la sala de situación, y el nuevo puente de mando quedará establecido en donde se hallaba el baño de la tripulación. Luego se decide reensamblar las distintas partes en un orden lógico de acuerdo con su función, titánica labor que concentra los esfuerzos de todos los trabajadores de la MEHC, más voluntarios venidos desde puntos muy distantes.
La conclusión de las sesiones no es tan elaborada como podría imaginarse, teniendo en cuenta la duración de aquellas. En suma se aprueba unánimemente brindar un total respaldo a todas las iniciativas planteadas por los científicos. Así es como comienza la última de las mudanzas del proyecto, con rumbo de regreso hacia Córdoba, Argentina, donde el conjunto deberá terminar de ensamblarse. Apenas llegado todo el material al Centro Espacial del Cono Sur, se produce un pequeño inconvniente práctico, ya que se comprueba la desaparición de trescientos bulones de titanio, especialmente fabricados por una empresa japonesa, que no se pueden volver a solicitar, porque no se han pagado los primeros. Rápidamente surge una improvisada Comisión de Rastreo, compuesta por militares de varios de los países miembros, que siguen la pista de las piezas interrogando a los operarios de todos los centros espaciales donde estuvo temporiariamente alojado el proyecto, pero en sentido inverso a la mudanza. Así, empiezan en Chile, pasan a México, luego a Bolivia, Paraguay, Brasil y finalmente hallan las partes en Canelones, Uruguay. Como en cada centro ha ido quedando un miembro de la Comisión de Rastreo, a fin de facilitar la prosecución de la búsqueda de los dichosos bulones, y estos y los militares deben ser devueltos a Córdoba, unos y otros viajan hasta Argentina a través de un recorrido ya conocido: de Uruguay a Brasil, de ahí a Paraguay, para luego ir a Bolivia, desde donde salen para México, para pasar a Chile y llegar desde ahí hasta el destino final.
El operario que se encarga de colocar en su sitio los elementos de sujeción, tiene la mala idea de quitar todas las tuercas de titanio de sus bulones, y mezclar unas y otros entre sí. Así descubre que los mismos tienen cinco tipos de rosca distintos.
Un airado Supervisor de Planificación (puesto encarnado por Honorio Iñíguez, cultivador de maní) toma contacto con la fábrica que los produjo, con el fin de reclamar una solución urgente al problema. En la empresa japonesa, un ingeniero y sus asistentes llevan a cabo un prolijo y coreográfico harakiri, y la compañía se compromete a volver a confeccionar la orden, esta vez sin costo alguno para el cliente. Como todo esto ocurre en medio de una huelga, los nuevos bulones y tuercas son terminados en tiempo récord.
La Comisión Directiva se sumerge en una intrincada y extensa deliberación - dura cinco días -, a través de la cual se sacan no pocos trapitos al sol; se producen renuncias; algunas de ellas se aceptan, otras no. De aquellas algunas son revocadas más tarde, para luego pedir nuevas. En fin, por alguna circunstancia misteriosa, al terminar la tormenta de dimisiones, los miembros de la Directiva no sólo no han disminuido, sino que se han incrementado en número de tres. Surgen temas de todo tenor y se pelea cada punto palmo a palmo. Las victorias - certificadas por votaciones secretas con papelitos (de difícil escrutinio, por cierto) - son festejadas ruidosamente y de manera antideportiva, en varios casos. Se beben hectolitros de café, piña colada y mate (cocido o con bombilla); se comen toneladas de scones, rosquitas y pancitos de salvado; alguien se introduce en la sala de sesiones con una docena de humeantes empanadas de carne, aromáticos brownies o delicados sandwiches de miga, y le caen encima grupos de hambrientos sesionantes y colaboradores, dando lugar a horribles actos de vandálica depredación y rapiña. Se utilizan kilómetros cuadrados de pañuelos descartables, servilletas y papel borrador; veinticinco secretarias toman nota de cientos de cartas dirigidas a organismos internacionales, empresas y gobiernos; se recuerdan cumpleaños y aniversarios y hasta se celebran bodas. Las camarillas se multiplican y los participantes cambian de bando con virulenta rapidez. Se tejen y destejen alianzas.
El último día (el quinto), por la mañana, una de las secretarias es instada a delinear un resumen de lo conversado, pero es descalificada por tres de los miembros de la Directiva, que proponen otro sumario, el que a su vez es denostado por una tercera posición.
Por la tarde se negocia, se arriba a un acuerdo de partes y Blanca Poché Carracosa, la más veterana de todas las colaboradoras presentes a lo largo de las sesiones (y una de las pocas que están ahí porque sabe computación e idiomas), es formalmente invitada a reflejar la versión oficial de todo lo convenido.
A fin de evitar más mudanzas - que conllevan gastos, así como horribles pérdidas de tiempo - los representantes de los distintos países que integran la MEHC, llegan a la conclusión de que deben oganizarse mejor, y es así como se integran en un organismo denominado “Comisión Directiva”, que estará compuesto por casi todos ellos (cómo mínimo, uno de cada estado), a los efectos de evitar la anarquía y las discusiones. Sin embargo, como primer fruto de ello, una terrible pelea verbal entre uno de los brasileños, Hermes Prato Gonçalves (“Salvo”) y su colega mexicano, Roberto Álvarez Fernández, tiene como consecuencia inmediata... una nueva traslación. Es así que el Supervisor de Planificación designado para el “tramo mexicano” del proceso constructivo de la nave (Agustín Silva Benítez) no llega ni a tomar contacto visual con los elementos provenientes de Bolivia, los que, por otra parte, ni siquiera han sido desembalados. Todos ellos son dirigidos - esta vez - hacia el Centro Espacial Aylwin, que apenas termina de establecerse en la Puna de Atacama, Chile.
El nuevo Supervisor de Planificación, Ginés Mendoza Manzanares, de profesión tintorero, no pierde el tiempo y se ocupa personalmente de desarmar algunos de los cajones que protegen piezas, partes y herramientas, tan pronto como llegan a sus manos. Pero su primer contacto con la Comisión Directiva resulta ser una queja, porque al querer enchufar una manguera neumática en una válvula, descubre una importante diferencia de medidas. Esto no es tomado en cuenta en forma inmediata, pero da pie a que a mediados de septiembre de 2039, durante una decisiva reunión entre algunos científicos invitados y la Directiva, se instrumente una serie de talleres y seminarios destinados a allanar las dificultades técnicas para el tramo definitivo de la construcción de la “Dragon Galacticum”.
Se gesta un documento de 140 fojas que agrupan todos los asuntos que es preciso y urgente resolver antes de continuar con la misión. Entre ellos, los más importantes son:
1)Los elementos de conexión eléctrica, informática y de movimientos de fluido de la nave, han sido producidos de acuerdo con siete protocolos diferentes. La Comisión Técnica (un nuevo organismo creado en el marco de los seminarios), dictamina que se instrumente la inmediata normalización.
2) Los manuales de procedimientos y funciones y los esquemas de accionamiento de partes delicadas del vehículo interestelar, han sido redactados en una mezcla de lenguas, dialectos y jergas, por expertos de varios países (algunos de los cuales han enviado sus colaboraciones por correo electrónico, sin haber estado nunca a menos de mil kilómetros del objeto cuya descripción operativa sustentan). Hay algunas normas que se contraponen, e incluso unas pocas de las que nadie reconoce la autoría, y dicen cosas tales como “no dejar la luz del lavadero prendida”, o “no llevar lectura al baño”, que son impropias del ámbito en cuestión. La Comisión técnica aconseja la pronta racionalización de toda la documentación.
3) Una enorme proporción de las piezas mecánicas de la nave, que son de gran porte, ya están listas para armarse sobre la estructura principal, la que nunca se llegó a mover de su emplazamiento original. Por ello, y basada en el enorme peso de dicha estructura, la Comisión Técnica estima conveniente llevar todo lo que se haya construido, al Centro Espacial del Cono Sur, Córdoba, Argentina, y que se termine de ensamblar allí.